Roberto Da Matta
This glory, the sweetest, the trues o rather the only true
glory, awaits you encompasses you already; you will know
all its brilliance on that day of triumph and joy on which,
returning to your country, welcomed amid our delight,
you will arrive in our walls, loaded with the most precious
appeals, and bearers of happy tidings of our brothers scattered
in the uttermost confines of the Universe.
Degérando2
Introducción
En Etnología, como en los “ritos de pasaje”, existen
tres fases (o planos) fundamentales cuando se trata
de discurrir acerca de las etapas de una investigación vistas
a través del prisma de su cotidianidad. La primera, es
aquella caracterizada por el uso –y hasta abuso– de la cabeza,
cuando aún no tenemos ningún contacto con los seres
humanos que, viviendo en grupos, constituyen nuestros
objetos de trabajo. Es la fase o plano que denomino teórico-
intelectual, marcada por el divorcio entre el futuro investigador
y la tribu, la clase social, el mito, el grupo, la
categoría cognitiva, el ritual, el barrio, el sistema de relaciones
sociales o de parentesco, el modo de producción, el
sistema político y todos los otros dominios –en una lista
infinita– que ciertamente forman parte de aquello que se
busca ver, encarar, distinguir, percibir, estudiar, clasificar,
interpretar, explicar, etc. Pero ese divorcio –y es bueno
que esto sea dicho claramente– no se refiere sólo a la ignorancia
del estudiante. Al contrario, habla precisamente de
un exceso de conocimiento, pero de un conocer que es
teórico, universal y mediatizado, no por lo concreto y sobre
todo por lo específico, sino por lo abstracto y por lo no
vivienciado. Por los libros, ensayos y artículos: por los
otros.
En la fase teórico-intelectual, las aldeas son diagramas,
los matrimonios se resuelven en diseños geométricos, perfectamente
simétricos y equilibrados, el patronazgo y la
ciencia política aparecen en reglas ordenadas, la propia expoliación
responde a leyes, y los indios son de papel.
Nunca omuy raramente se piensa en cosas específicas, que
se refieran a “mi” experiencia, cuando el conocimiento es
permeado por olores, colores, dolores y amores. Pérdidas,
ansiedades y miedo, todos esos intrusos que los libros,
sobre todo los célebres “manuales” de Ciencias Sociales, se
empeñan en ignorar.
Una segunda fase, que viene después de la que acabo
de presentar, puede ser denominada período práctico. Se
refiere esencialmente a las vísperas de la investigación.
De hecho, se trata de aquella semana que experimentaron
todos aquellos cuya investigación implicó un
cambio drástico, cuando nuestra preocupación pasa de
las teorías más universales a los problemas más banalmente
concretos. La pregunta, entonces, ya no es si el
grupo X tiene o no linajes segmentarios al modo de los
Nuer, Tallensi o Tiv, o si la tribu Y tiene “carreras Tora”
y mitades ceremoniales como los Krahó o Apinayé, sino
plantear la cantidad de arroz y remedios que deberé llevar
para el campo. Observo que la oscilación del péndulo de
la existencia para tales cuestiones –dónde voy a dormir,
comer, vivir– no es nada agradable. Especialmente cuando nuestro entrenamiento tiende a ser excesivamente
verbal y teórico, o cuando somos socializados en
una cultura que nos enseña sistemáticamente el conformismo,
ese hijo de la autoridad y la generalidad, la ley y la
regla. En el plano práctico, no obstante, ya no se trata de
citar la experiencia de algún héroe civilizador de la disciplina,
sino de plantear el problema fundamental en
Antropología: el de la especificidad y relatividad de la
propia experiencia.
La fase final, la tercera, es la que llamo personal o existencial.
Aquí no tenemos más divisiones nítidas entre las
etapas de nuestra formación científica o académica, sino
–por una especie de prolongación de todo eso– una cierta
visión de conjunto que, ciertamente, debe coronar todo
nuestro esfuerzo y trabajo. De este modo, mientras que el
plano teórico-intelectual es mediado por la competencia
académica y el plano práctico por la perturbación de una
realidad que se va tornando más inmediata, el plano existencial
de la investigación en Etnología habla de las lecciones
que debo extraer de mi propio caso. Es por esto que
lo considero esencialmente globalizador e integrador: debe
sintetizar la biografía con la teoría, y la práctica del mundo
con la del oficio.
En esta etapa, o mejor, en esta dimensión de la investigación
ya no me encuentro dialogando con los indios de
papel, o con diagramas simétricos, sino con personas. Me
encuentro en una aldea concreta: calurosa y distante de
todo lo conocido. Me encuentro haciendo frente a mariposas
nocturnas y enfermedades. Me veo frente a gente de
carne y hueso. Gente buena y antipática, gente sabia y
estúpida, gente fea y bonita.
Estoy así, sumergido en un mundo que se situaba, y
después de la investigación vuelve a situarse, entre la realidad
y el libro.
Vivenciando esa fase es como me doy cuenta (y no sin
susto) de que estoy entre dos fuegos: mi cultura y otra, mi
mundo y otro. De hecho, habiéndome preparado y colocado
como traductor de un sistema distinto a mi propio
lenguaje, es como tengo que iniciar mi tarea. Y entonces
verifico, íntimamente satisfecho, que mi oficio –dedicado
al estudio de los hombres– es análogo a la propia marcha
de las sociedades humanas: siempre en la tenue línea divisoria
que separa a los animales, en la determinación de la
naturaleza, de los dioses, que –dicen los creyentes– forjan
su propio destino.
En este trabajo intento desarrollar esta última dimensión
de la investigación en Etnología. Fase que para mí, y
para otros, fue tan importante.
I
Durante años, la Antropología Social estuvo preocupada
por establecer con precisión cada vez mayor sus rutinas de
investigación o, como también es llamado el ejercicio del
oficio en su práctica inmediata, el trabajo de campo.
En los cursos de antropología, los profesores siempre
mencionaban la necesidad absoluta de recolectar un buen
material, esto es, datos etnográficos que permitiesen un
diálogo más intenso y más prolifero con las teorías conocidas,
pues de ahí nacerían ciertamente nuevas teorías
–según la vieja y, por qué no decirlo, trillada dialéctica del
Profesor Merton.
De este esfuerzo nacieron algunos libros –en América y
fuera de ella– enseñando a realizar tales rutinas. Los dos
más famosos son, el notorio Notes and Queries en Anthropology;
realizado por los ingleses y, dicho sea de paso, británicamente
producido, con celo misional, colonial y victoriano;
y la no menos famosa Guía para la Investigación de
Datos Culturales, libro inspirado por el Human Relations
Area Files, bajo la égida de los estudios “cross-cultural” del
Prof. George Peter Murdock.
Son dos obras impresionantes, así como lo son las monografías
de los etnólogos, libros que actualizan de modo
correcto e impecable esas rutinas de “cómo comencé haciendo
un mapa de la aldea, recogiendo las genealogías de
los nativos, asistiendo a los ritos funerarios, intentando delimitar
el tamaño de cada parcela” y “terminé descubriendo
un sistema de parentesco del tipo Crow-Omaha,
etc.” En realidad, los libros que enseñan a hacer una investigación
en nuestra disciplina y se puede decir –sin miedo
de incurrir en una exageración– que nacieron con su fundación,
ya que fue el mismo Henry Morgan el primero en
descubrir la utilidad de tales rutinas, cuando preparó una
serie de cuestionarios de campo que fueron enviados a los
distantes misioneros y agentes diplomáticos norteamericanos
para escribir su superclásico Systems of Consanguinity
and Affinity of the Human Family (1871).3
Tal tradición es obviamente necesaria y mi propósito
aquí no es intentar denigrarla. No soy Don Quijote y reconozco
muy bien los frutos que nacieron de ella y podrán
nacer aún. Y, aunque estuviera en contra, lo máximo que
el buen sentido me permitiría agregar que esas rutinas son
como un mal necesario.
No obstante, en este trabajo, deseo traer a la luz todo el
“otro lado” de esta misma tradición oficial y explícitamente
reconocida por los antropólogos: los aspectos que
aparecen en las anécdotas y en las reuniones de antropología,
en los cócteles y en los momentos menos formales. En las historias que elaboran de modo tragicómico un malentendido
entre el investigador y su mejor informante, de
lo duro que fue llegar hasta la aldea, de las diarreas, de las
dificultades para conseguir comida y –lo que es más importante–
de lo difícil que fue comer en aquella aldea del
Brasil Central.
Estos son los llamados aspectos “románticos” de la
disciplina, cuando el investigador se ve obligado a actuar
como médico, cocinero, contador de historias, mediador
entre indios y funcionarios del FUNAI (Fundaçao Nacional
do Indio), viajero solitario y hasta payaso,
echando mano de estos varios e insospechados papeles
para poder realizar bien las rutinas que infaliblemente
aprendió en la graduación. Es curioso y significativo que
tales aspectos sean considerados como “anecdóticos” y,
como ya dije, “románticos”, cuando somos conscientes
–y no es preciso ser filósofo para esto– que la antropología
social es una disciplina de conmutación y de mediación.
Con esto quiero decir simplemente que tal vez más
que cualquier otra disciplina dedicada al estudio del
hombre, es en la Antropología donde necesariamente se
establece un puente entre dos universos (o subuniversos)
de significación, y tal puente o mediación se realiza con
un mínimo de aparato institucional o de instrumentos de
mediación. Vale decir, de manera artesanal y paciente,
dependiendo esencialmente de humores, temperamentos,
fobias y todos los otros ingredientes de las personas
y del contacto humano.
Si es posible y se me permite una interpretación, no
hay duda que todo el anecdotario referente a las investigaciones
de campo es un modo muy imaginativo de depositar
en un lado oscuro del oficio, sus puntos tal vez más
importantes y más significativos. Es una manera muy vergonzosa
de no asumir el lado humano y fenomenológico
de la disciplina, con un temor infantil de revelar cuánto va
de subjetivo en las investigaciones de campo, temor que es
tanto mayor cuanto más inclinado está el etnólogo a una
idealización del rigor en las disciplinas sociales. En una palabra,
es un modo de no asumir el oficio del etnólogo integralmente,
es el miedo de sentir lo que la Dra. Jane Carter
Lave denominó, con rara felicidad, en una carta desde el
campo, el “anthropological blues”.
II
Por anthropological blues queremos cubrir y descubrir, de
un modo más sistemático, los aspectos interpretativos del
oficio del etnólogo. Se trata de incorporar en el campo
mismo de las rutinas oficiales, ya legitimadas como parte
del entrenamiento del antropólogo, aquellos aspectos extraordinarios,
siempre prontos a emerger en toda relación
humana. De hecho, sólo hay Antropología Social cuando
existe de algún modo lo exótico, y lo exótico depende invariablemente
de la distancia social, y la distancia social
tiene como componente la marginalidad (relativa o absoluta),
y la marginalidad se alimenta de un sentimiento de
segregación y la segregación implica estar solo y todo desemboca
–para conmutar rápidamente esta larga cadena–
en la liminaridad y en el extrañamiento.
De modo que vestir la capa de etnólogo es aprender a
realizar una doble tarea que puede ser groseramente contenida
en las siguientes fórmulas: (a) transformar lo exótico
en familiar y/o (b) transformar lo familiar en exótico. En
ambos casos es necesaria la presencia de los dos términos
(que representan dos universos de significación) y,más básicamente,
una vivencia de los dos dominios por un
mismo sujeto dispuesto a interceptarlos y situarlos. En
una cierta perspectiva, esas dos transformaciones parecen
seguir de cerca los momentos críticos de la historia de la
propia disciplina. Así es que la primera transformación
–de lo exótico en familiar– corresponde al movimiento
original de la Antropología, cuando los etnólogos conjugaron
su esfuerzo en la búsqueda deliberada de los
enigmas sociales situados en universos de significación incomprendidos
por los medios sociales de su tiempo. Y fue
así como se redujo y transformó el “kula king” –para citar
apenas un caso clásico– de los melanesios en un sistema
comprensible de intercambios alimentados por prácticas
rituales, políticas, jurídicas, económicas y religiosas, descubrimiento
que vino a permitir, entre otros, la creación
de Marcel Mauss, de la noción básica de hecho social total,
desarrollada inmediatamente después de las investigaciones
de B. Malinowski.4
La segunda transformación parece corresponder al momento
presente, cuando la disciplina se vuelve para nuestra
propia sociedad, en un movimiento semejante a un autoexorcismo,
pues ya no se trata de depositar en el salvaje
africano omelanesio el mundo de prácticas primitivas que
se desea objetivar e inventariar, sino de descubrirlas en nosotros,
en nuestras instituciones, en nuestra práctica política
y religiosa. El problema es entonces el de quitarse la
capa de miembro de una clase y de un grupo social específico
para poder –como etnólogo– extrañar alguna regla social
familiar y así descubrir (o recolocar, como hacen los
niños cuando preguntan los “por qué”) lo exótico en lo que está petrificado dentro de nosotros por la reificación y
por los mecanismos de la legitimación.5
Estas dos transformaciones del oficio de etnólogo parecen
guardar entre sí una estrecha relación de homología.
Como el desarrollo de una sonata, donde un tema es por
sentado claramente en su inicio, desarrollado rebuscadamente
en su transcurso y finalmente retomado en su epílogo.
En el caso de las transformaciones antropológicas,
los movimientos siempre conducen a un encuentro. De
este modo, la primera transformación lleva al encuentro
de aquello que la cultura del investigador reviste inicialmente
con su envoltorio de lo bizarro, de tal manera que
el viaje del etnólogo es como el viaje del héroe clásico, partido
en tres momentos distintos e interdependientes: la salida
de su sociedad, el encuentro con el otro en los confines
del mundo social y, finalmente, el “retorno triunfal”
(como expone Degérando) a su propio grupo con los trofeos.
De hecho, el etnólogo es, en la mayoría de los casos,
el último agente de la rapiña de los bienes, la fuerza de trabajo
y la tierra, sigue el investigador para completar el inventario
canibalístico: él, no obstante, busca las reglas, los
valores, las ideas –en una palabra, los imponderables de la
vida social que fue colonizada.
En la segunda transformación, el viaje es como el del
chaman: no se sale del lugar. Y, de hecho, los viajes chamánicos
son viajes verticales (para adentro o para arriba)
mucho más que horizontales como sucede con el viaje clásico
de los héroes homéricos.6 Y no es por otra razón que
todos aquellos que realizan viajes para dentro y para arriba
son chamanes, curanderos, profetas, santos y locos, o sea,
los que de algún modo se dispusieron a llegar al fondo del
pozo de su propia cultura. Como consecuencia, la segunda
transformación conduce igualmente al encuentro con el
otro y al extrañamiento.
Las dos transformaciones están, pues, íntimamente relacionadas
y ambas sujetas a una serie de residuos, no
siendo nunca realmente perfectas. De hecho, lo exótico
nunca puede pasar de ser familiar y lo familiar nunca deja
de ser exótico.
Pero, dejando las paradojas para los mejor preparados,
estas transformaciones indican, en un caso, un punto de
llegada (de hecho, cuando el etnólogo logra familiarizarse
con una cultura distinta de la suya, adquiere competencia
en esa cultura) y, en el otro, un punto de partida ya que el
único modo de estudiar un ritual brasileño es tomar tal
ritual como exótico.
Esto significa que la aprehensión en el primer caso se
realiza primordialmente por una vía intelectual (la transformación
de lo exótico en familiar se realiza fundamentalmente
por medio de aprehensiones cognitivas), mientras
que en el segundo caso, es necesariamente una desvinculación
emocional ya que la familiaridad de la
costumbre no se obtuvo por la vía del intelecto sino de la
coerción socializadora y así, vino desde el estómago hacia
la cabeza. En ambos casos, la mediación es realizada por
un cuerpo de principios guías (las llamadas teorías antropológicas)
y conducida por un laberinto de conflictos
dramáticos que sirven como telón de fondo para las anécdotas
antropológicas y para acentuar el toque romántico
de nuestra disciplina. De este modo, si mi idea es acertada,
es en el mismo proceso de transformación donde
debemos buscar la definición cada vez más precisa de anthropological
blues.
Entonces, sería posible iniciar la demarcación del área
básica del anthropological blues como aquella del elemento
residual que se insinúa en la práctica antropológica
pero que no era esperado. Como un blues cuya melodía
gana fuerza por la repetición de sus frases de modo que se
torna cada vez más perceptible. De la misma manera que
la tristeza y la nostalgia (también blues) se insinúan en el
proceso de trabajo de campo causando sorpresa al etnólogo.
Es cuando se pregunta, como lo hizo Claude
Lévi-Strauss, “¿qué vinimos a hacer aquí? ¿con qué esperanza
? ¿con qué fin?” y, a partir de ese momento pudo oír
claramente las intromisiones de un rutinario estudio de
Chopín, obstinarse en él, y abrirse al terrible descubrimiento
de que el viaje despertaba su propia subjetividad:
dice Lévi-Strauss: “Por una singular paradoja, en lugar de
abrirme a un nuevo universo, antes, mi vida aventurera me
restituía lo antiguo, mientras que aquel que yo pretendía,
se disolvía entre mis dedos. Cuantos más los hombres y los
paisajes a cuya conquista partiera perdían, al poseerlos, la
significación que yo esperaba en ellos, más esas imágenes
decepcionantes pero presentes, eran sustituidas por otras,
puestas en reserva por mi pasado y a las cuales yo no diera
ningún valor aun cuando pertenecían a la realidad que me
rodeaba” (Tristes Tropiques, París, Plon, 1955).
Se podría decir que el elemento que se insinúa en el trabajo
de campo es el sentimiento y la emoción. Estos serían,
parafraseando a Lévi-Strauss, los huéspedes no convidados
de la situación etnográfica. Y, todo indica que tal intrusión
de la subjetividad y de la carga afectiva que viene con ella, dentro de la rutina intelectual de la investigación
antropológica, es un dato sistemático de la situación.
Su manifestación asume varias formas, yendo de la
anécdota infame contada por el fallecido Evans-Pritchard,
cuando dijo que estudiando a los Nuer pueden adquirirse
fácilmente, síntomas de “Nuerrosis”,7 hasta las reacciones
como las de Lévi-Strauss, Chagnon y Maybury-Lewis,8
cuando se refieren a la soledad, la falta de privacidad y la
suciedad de los indios.
Tales relatos parecen sugerir, de entre los muchos
temas que elaboran, la fantástica sorpresa del antropólogo
ante un verdadero asalto de las emociones. Así es que
Chagnon describe su perplejidad ante la suciedad de los
Yanomano y, por eso mismo, el terrible sentimiento de penetración
en un mundo caótico y sin sentido que lo acometió
en sus primeros tiempos de trabajo de campo. Y
Maybury-Lewis guarda para el último párrafo de su libro
la sorpresa de saberse de algún modo involucrado y capaz
de involucrar a su informante. Así, en el último instante de
su relato sabemos que Apowen –al despedirse del
antropólogo– tenía lágrimas en los ojos.
Es como si en la graduación nos hubiesen enseñado
todo: espere un sistema matrimonial prescriptivo, un sistema
político segmentado, un sistema dualista, etc. y
jamás nos hubiesen prevenido de que la situación etnográfica
no se realiza en el vacío, y, que tanto allá como aquí, se
pueden oír los anthropological blues.
Pero junto a esos momentos cruciales (la llegada y el último
día) hay –entre las innumerables situaciones destacables–
otro instante que al menos para mí se configuró
como crítico: el momento del descubrimiento etnográfico.
Cuando el etnólogo consigue descubrir el funcionamiento
de una institución, comprende finalmente la operación
de una regla antes oscura. En el caso de mi investigación,
el día que descubrí cómo operaba la regla de la
amistad formalizada entre los Apinayé, escribí en mi diario
(el 18 de septiembre de 1970):
Entonces allí estaba el secreto de una relación social
muy importante (la relación entre amigos formales),
dada por casualidad mientras descubría otras cosas.
Mostraba de modo ineludible la fragilidad de mi
trabajo y de mi capacidad de ejercer mi oficio correctamente.
Por otro lado, revelaba la contingencia del
oficio del etnólogo, pues los datos, por así decir, caen
del cielo como gotas de lluvia. Cabe al etnólogo no sólo
“recortarlos” sino también conducirlos como a un torrente,
hacia el océano de las teorías corrientes. De
modo muy nítido verifiqué que una cultura y un informante
son como las galeras de un mago: se extrae
alguna cosa (una regla) que tiene sentido un día, al
otro sólo conseguimos cintas de colores de poco valor…
Así como estaba preocupado, pues había mandado
dos artículos equivocados para su publicación y tenían
que ser corregidos inmediatamente; también
restaba eufórico. Pero mi euforia tendría que guardarla
en mi diario pues no había nadie en la aldea
que pudiera compartir el descubrimiento conmigo.
Así fue que escribí una carta a mi amigo y visité al
encargado del Puesto en el auge de la euforia. Pero él
no estaba en absoluto interesado en mi trabajo. Y
aunque lo estuviera, no lo entendería. Un día, de
noche, cuando me preguntó por qué yo estaba allí
estudiando a los indios, dudé de mi respuesta, pues
intentaba darle sentido práctico a una actividad
que, al menos para mí, tiene mucho de artesanía, de
confusión y está totalmente desligada de una realidad
instrumental.
Así fue como tuve que guardar el secreto de mi descubrimiento.
Y, a la noche, después de cenar en la casa
del encargado, cuando volví a la aldea, sólo pude
contar lo que había hecho a dos niños Apinayé que
vinieron a comer galletas conmigo. Fue con ellos y
con una luna amarilla que salió muy tarde aquella
noche que compartí mi soledad y el secreto de mi minúscula
victoria.
Este párrafo me parece instructivo porque revela que,
en el momento en que el intelecto avanza –en ocasión del
descubrimiento– las emociones están igualmente presentes,
ya que es necesario compartir el gusto de la victoria
y legitimar con los otros un descubrimiento. Pero el etnólogo,
en ese momento está solo y, de este modo, tendrá
que guardar para sí mismo lo que fue capaz de develar.
Así se plantea nuevamente la paradoja de la situación etnográfica:
para descubrir es necesario relacionarse, y en el
momento mismo del descubrimiento, el etnólogo es remitido
a su mundo y de esta manera se aísla nuevamente. Lo
opuesto ocurre con mucha frecuencia: involucrado por un jefe político que desea sus favores y su opinión en una
disputa, el etnólogo tiene que callar y aislarse. Emocionado
por el pedido de apoyo y temeroso por su participación en
un conflicto, se ve obligado a un llamado a la razón para
neutralizar sus sentimientos y, así, continuar afuera. De mi
experiencia guardo con mucho cuidado el recuerdo de una
de estas situaciones y de otra, mucho más emocionante,
cuando un indiecito que era una mezcla de secretario, guía e
hijo adoptivo, me ofreció un collar. Transcribo nuevamente
un largo fragmento demi diario de campo de 1970:
Pengi entró en mi casa con una calabacita atada a
un hilo de tucum. Yo estaba en mi mesa removiendo
datos y cosas. Lo miré con el desdén de los cansados y
explotados, ya que diariamente y a todo momento
mi casa se llena de indios con collares para cambiar
por mis mostacillas. Cada uno de esos intercambios
es una pesadilla para mí. Socializado en una cultura
donde el intercambio siempre implica una tentativa
de sacar el mejor partido del otro, siempre me
rebelo contra el abuso de los intercambios propuestos
por los Apinayé: un collar viejo y mal echo por un
puñado siempre creciente de mostacillas. Pero mi
oficio tiene esas cosas, pues las mostacillas no valen
nada para mí y, sin embargo, aquí estoy celando
mis pequeñas bolitas coloreadas como si fuese el
guardia de un banco. Tengo celos de ellas, me apego
a su valor –que yo mismo establecí–. Los indios
llegan, ofrecen los collares, saben que están mal hechos,
pero saben que se los voy a cambiar. Y así hacemos
los trueques. Son decenas de collares por mis de
mostacillas. Hasta que se acaben y la noticia corra
por toda la aldea. Y, entonces, me libraré de ese incómodo
papel de comerciante. Tendré los collares y el
trabajo cristalizado de casi todas las mujeres Apinayé.
Y ellas tendrán mostacillas para otros collares.
Pues bien, la llegada de Pengi era señal de un nuevo
trueque. Pero él extendió la mano rápidamente:
-Esto es para tu ikrá (hijo), para que juegue…
Y, acto seguido salió de casa sin mirar para atrás. El objeto
estaba en mis manos y la salida rápida del indiecito no
me daba tiempo para proponer una recompensa. Sólo
pude pensar en el gesto como una gentileza, pero sin embargo
dudé de tanta bondad. Pues ella misma no existe en
esta sociedad donde los hombres son del mismo valor.9
Que el lector no deje de observar mi último párrafo.
Dudé de tanta bondad porque tuve que racionalizar
aquella dádiva, de lo contrario no estaría tan solo. ¿Pero el
etnólogo está realmente solo?
Los manuales de investigación social casi siempre plantean
el problema de modo de hacer creer que ese es precisamente
el caso.De estemodo, el investigador es el que debe
orientarse en el grupo estudiado e intentar identificarse con
él.No se plantea la contrapartida de este proceso: la identificación
de los nativos con el sistema que el investigador
carga consigo, un sistema formalizado entre el etnólogo y
aquellos nativos que logra seducir –a través de simpatía,
amistad, dinero, regalos y Dios sabe qué más –para que le
cuenten secretos, rompan lealtades, le provean nuevos destellos
sobre la cultura y la sociedad en estudio.
Finalmente, en Antropología todo se funda en la alteridad:
pues sólo existe el antropólogo cuando hay un nativo
transformado en informante. Y sólo hay datos cuando
hay un proceso de empatía corriendo de lado a lado. Es
esto lo que permite al informante contar un mito, elaborar
con nuevos datos una relación social y discutir los motivos
de un líder político de su aldea. Son justamente esos nativos
(transformados en informantes y en etnólogos) los
que salvan al investigador del marasmo de la cotidianidad
de la aldea: de la salida y la puesta del sol, del ganado, de la
mandioca, del maíz y de las letrinas.
Todo esto parece indicar que el etnólogo nunca está
solo. Realmente, en medio de un sistema de reglas aún
exótico cuyo objetivo es tornar familiar, está vinculado –y
más ligado que nunca– a su propia cultura. Y cuando lo familiar
comienza a delinearse en su conciencia, cuando el
trabajo termina, el antropólogo retorna con aquellos retazos
de imágenes y de personas que conoció mejor que
nadie. Pero, situados fuera del alcance inmediato de su
propio mundo, apenas lo instigan y traen a la luz una ligazón
nostálgica, la de los anthropological blues.
III
Pero, ¿qué se puede deducir de todas esas observaciones y
de todas esas impresiones que forman el proceso que denominé
anthropological blues?
Una deducción posible, entre muchas otras, que en
Antropología es preciso recuperar ese lado extraordinario
de las relaciones investigador/nativo. Si éste es el menos
rutinario y más difícil de ser aprehendido de la situación antropológica, es ciertamente porque se constituye en el
aspecto más humano de nuestra rutina.
Es lo que realmente permite escribir la buena etnografía.
Porque sin él, como plantea Geertz, manipulando
hábilmente el ejemplo del filósofo inglés Ryle, no se distingue
un parpadeo de un guiño malicioso. Y es esto precisamente
lo que distingue a la “descripción densa” –típicamente
antropológica– de la descripción inversa, fotográfica
y mecánica del viajante o del misionero.10 Pero para
distinguir el guiño mecánico y fisiológico del guiño sutil y
comunicativo, es necesario sentir la marginalidad, la soledad
y la nostalgia. Es preciso cruzar los caminos de la
empatía y de la humildad.
Este descubrimiento de la Antropología Social como
materia interpretativa sigue, por otro lado, una tendencia
de la disciplina. Tendencia que modernamente parece
marcar el pasaje de una ciencia natural de la sociedad,
como querían los empiristas ingleses y americanos, a una
ciencia interpretativa, destinada ante todo a confrontar
subjetividades y tratar con ellas. De hecho, en este plano
no sería exagerado afirmar que la Antropología es un mecanismo
de los más importantes para dislocar nuestra
propia subjetividad. Y el problema, como sostiene Louis
Dumont, entre otros, no parece propiamente el de estudiar
las castas de la India para conocerlas integralmente,
tarea imposible y que exigiría mucho más que intelecto,
sino –eso sí– permite dialogar con las formas jerárquicas
que conviven con nosotros. Es la admisión –romanticismo
y anthropological blues aparte– de que el hombre
no puede verse a sí mismo. Necesita del otro como su espejo
y su guía.
Traducción
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario